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Historia

DATOS HISTÓRICOS DE ALARCÓN


Esta ondulada llanura, entre la Sierra y la Mancha, la surca el río Júcar formando profundos tajos. Es un paisaje invertido; aquí no hay montañas que dominen, las alteraciones son las hoces. Los cerrados meandros del río fueron configurando un territorio de penínsulas contrapuestas donde los primitivos asentamientos tuvieron una fácil defensa, tenían próxima el agua y las tierras de la llanura eran fértiles. Todavía no hay excavaciones arqueológicas científicas que nos aporten datos más fehacientes sobre el mundo prehistórico; en superficie se detectan fragmentos cerámicos, túmulos y poblamientos ibéricos. Como en otros muchos lugares, el espacio fue ocupado por civilizaciones posteriores que reutilizaron los materiales anteriores y los incorporaron a sus propias construcciones. Era un mundo intensamente comunicado, que dejó, como vestigios máximos en la zona, la Fuente de la Mota de Barchín del Hoyo y la cuidad de Egelasta (Iniesta). Parece estar en el confín de la cultura ibérica, que penetró por el Júcar desde la mediterránea Vía Hercúlea que enlazaba Marsella con el sudeste español, que recibió aportaciones del disgregado reino tartésico andaluz y no fue ajeno a leves influencias griegas y cartaginesas.

 

El P. Burriel en el siglo XVIII habla de la notable romanización del valle del Júcar en la sumergida Gascas. Es difícil suponer que no lo fuera Alarcón, tan próximo. Parte del aparejo de la muralla del mediodía, los dos puentes laterales y un tercero que se encuentra dentro del embalse de Henchideros, podrían tener un origen romano, aunque como ocurrió en otras ocasiones, fueran sustancialmente transformados en épocas posteriores. Sobre ellos discurrieron caminos que ya habían sido utilizados en el mundo ibérico, vadeando el río por donde era posible, y que conectaban con las grandes vías que unían el interior con el Mediterráneo.

 

Gil González Dávila hizo derivar Alarcón de Alarico, pero no hay más justificación que la similitud de los nombres. Hasta ahora no hay ningún indicio arqueológico que avale la presencia de los visigodos en Alarcón. Todavía no hay una explicación convincente del nombre. Desde valle, a elevación y fortaleza, se ha pasado a interpretarlo como nombre derivado de alguna planta; el aspecto dominante de la fortaleza podría asimilarse a la altivez del halcón; la no repetición de la “l” podría dar como resultado Alarcón por la aliteración que se produciría con las dos “eles” si se denominara Al-halcón. Pero esta es una cuestión abierta.

 

La dominación musulmana se realizó en la meseta inferior a través de beréberes del norte de África, poco islamizados, que organizaron la cora de Santaver, un espacio de límites imprecisos que coincidió vagamente con la actual provincia de Cuenca. El grupo dominante de estos caudillos pastores fueron los Banu Zennun, que gobernaron la cora durante nueve generaciones consecutivas, casi en estado de permanente rebeldía frente al califato independiente de Córdoba, posesionándose al final del reino taifa de Toledo. Es posible que por una anterior relación con este grupo viniera a refugiarse en Alarcón, en el año785, Muhammad Abu I’Aswad al-Fihrí, hijo del último emir dependiente de Damasco, derrotado por Abderramán I. Fue el único superviviente de la familia y padeció una cruel prisión desde el año 756. Consiguió escapar, medio loco y medio ciego y muy enfermo, y murió al año siguiente de arribar a Alarcón. En el año 887 el castillo de Alarcón figura en una lista de los varios enclaves que se sumaron a la rebelión del muladí Omar b. Hafsum, que se levantó contra el califato estableciendo el reino de Bobastro, en la serranía de Ronda. En el año 1048 los Banu Zennum, que gobernaban la taifa de Toledo hicieron levas en Alarcón para combatir a los caudillos cordobeses. El último califa Hisham II había desaparecido sin dejar rastro cuando el califato se fragmentó en los reinos de taifas, en 1013. Existía la creencia de que no había muerto y que volvería desde Jerusalén donde se decía que lo habían visto trabajar como esterero. Esta circunstancia la aprovechó un tal Jalaf, esterero de Calatrava, que además tenía un parecido extraordinario con el califa desaparecido. Se creó un movimiento de apoyo al impostor formado por mercenarios nostálgicos del califato. Los Banu Zennum los expulsaron de su posesión de Calatrava y posteriormente fueron acogidos por el emir Abu-l-Qasim de Sevilla.

 

Como consecuencia de la conquista de Toledo, en 1085, por parte de Alfonso VI, Alarcón estuvo bajo su dominio. Fueron unos años de paz y seguridad en los que el rey mandó construir uno de los varios puentes que en esta comarca facilitaban los pasos para la peregrinación a Santiago de las tierras levantinas. La derrota que sufrió el rey en Uclés por los almorávides, en 1108, donde murió su hijo Sancho, devolvió estas tierras al dominio musulmán. Un dominio que bascula hacia Valencia y que tiene como exponente último a Ibn Mardanis (el Rey Lobo) que entre 1146 y 1172 fue rey de Murcia, Valencia, Cuenca y Albarracín. Estuvo bien relacionado con los cristianos. El año 1176, mientras los almohades atacan Talavera y la zona del Tajo, los musulmanes de la zona organizan una incursión de destrucción y rapiña hasta los muros de los castillos de Uclés y Alharilla en poder de la Orden de Santiago. En la fallida conquista participaron contingentes de Cuenca, Moya y Alarcón.

 

Tras la conquista de Cuenca (1177) y la de Zafra (1180) quedaba el camino abierto para la toma de Alarcón. Era una ocasión muy propicia para esta clase de movimientos por las luchas internas en el mundo musulmán. Todavía quedaba un resto almorávide en Mallorca en manos de uno de los Banu Ganiya. Éste provocó un movimiento, que se extendió por todo el norte de África, y que despertó los viejos odios entre las tribus beréberes. Para la pacificación se emplearon fuertes contingentes almohades de la península durante varios años. Alfonso VIII aprovechó esta situación para conquistar Alarcón y otras plazas fronterizas, fortificándolas y realizando incursiones de devastación y saqueo en poblaciones del interior de Al-Ándalus. Debió ser en la primavera de 1184 cuando Alfonso VIII puso cerco a Alarcón. La estrategia consistía en prolongar el asedio durante toda una campaña agrícola para que se agotaran las provisiones y a lo largo del tiempo se perdiera la esperanza de ayudas externas. La conquista fue legendariamente realzada; se dice que el capitán Hernán Martínez de Cevallos escaló los muros de la fortaleza con dos dagas vizcaínas, sorprendiendo a la guardia, la noche del 30 de noviembre del mismo año. Los que participaron en la conquista llevarían desde ese momento en la bordura del escudo ocho cruces de San Andrés. El conquistador cambió el apellido Cevallos por el de Alarcón por concesión real. Alfonso VIII fortificó intensamente este enclave natural, situado in rupibus sempiternis (en las sempiternas rocas), según expresión del arzobispo Ximénez de Rada. Le concedió fuero propio, una variante del de Cuenca, y él y sus sucesores le fueron anexionando todos los territorios que se conquistaron en la Mancha conquense y buena parte de la de Albacete, incluyendo esta actual capital. La Tierra de Alarcón contenía 63 aldeas y tuvo como puntos más extremos Las Valeras, La Puebla de Almenara y Albacete. Aquí empezó el siglo hegemónico de Alarcón.

 

El poder señorial emergente fuerza que el 18 de octubre de 1194 Alfonso VIII entregue a la Orden de Santiago el Castillo de Alarcón. La reacción de Hernán Martínez de Alarcón y los caballeros de la conquista debió ser contundente porque el 24 de noviembre del mismo año lo devuelve a los conquistadores, confirmando a Hernán Martínez de Alarcón como alcaide. Posteriormente, el 10 de junio de 1203, Alfonso VIII hace donación de varios molinos a la Orden de Santiago para que construya en Alarcón un hospital de redención de cautivos.

 

En el fuero de Alarcón se habla de las dos comunidades que lo poblaban y de los días distintos que se establecían para usar los baños públicos. Eso puede indicar que los musulmanes no habían desaparecido del todo y posiblemente serían sometidos a la esclavitud después de la conquista. El escaso contingente humano con que contaba la zona aconsejó tomar esta determinación. Difícil es que poblaran la Tierra de Alarcón, como dicen algunos, extremeños, de la actual Extremadura; cuando Alfonso VIII tuvo que repoblar Plasencia lo hizo con peones y caballeros de Ávila. La dedicación de una de las parroquias a Santo Domingo de Silos hace suponer la presencia de burgaleses y riojanos. Otra parte pudo venir del alfoz de Atienza, a la que Alfonso VIII consideraba su patria porque allí fue donde el rey recibió protección en su niñez, frente a la avidez de los Laras. En esta tierra se encuentra un Valhermoso y en el siglo XVI se reseñan dos despoblados que se denominan El Picazo y El Peral, dato muy revelador. La esposa de Alfonso VIII, Leonor de Plantagenet, heredó el ducado de Aquitania a quien pertenecía la Gascuña. El rey castellano no pudo defender este patrimonio, frente a las apetencias del rey de Francia, porque estaba inmerso en otra acción más absorbente, que era la reconquista. Pero sí pudo traer para estas pueblas a los gascones que le permanecieron fieles. Hay varios topónimos en Cuenca que lo avalan; son característicos Gascueña y Narboneta. En la Tierra de Alarcón estaba Gascas; Gabaldón parece tener el mismo origen y es muy probable el poblamiento gascón de Motilla del Palancar.

 

El descalabro de la batalla de Alarcos, en 1195, hizo que volviera a Alarcón parte del ejército castellano maltrecho. El empeño posterior sería el de completar la fortificación de Alarcón, porque Alarcos fue sorprendido sin concluir cuando se presentó la batalla. El rey Alfonso IX de León, que no quiso ayudar al rey castellano, emprendió en 1197 una nueva campaña de reconquista en las tierras extremeñas. A pesar del pobre resultado, la reacción del califa almohade Abu Yusuf Yacub fue inmediata, llegando hasta Toledo. Sitió Madrid y alcanzó Guadalajara; luego retrocedió por Huete, Uclés, Cuenca y Alarcón. Al no poder tomar la fortaleza de Alarcón porque ya estaba dotada de sólidas defensas, incendió los montes y asoló la tierra. Enseguida aceptó una tregua porque otra vez habían resurgido los movimientos levantiscos almorávides en el Magreb.

 

La derrota de Alarcos y la toma de Jerusalén a los cruzados por Saladino alarmó a la cristiandad. Los papas urgieron una respuesta, para lo que concedieron bulas de cruzada. El arzobispo de Toledo Ximénez de Rada reclutó caballeros ultrapirenáicos, mientras se establecían nuevas relaciones entre los reinos peninsulares. Además de Castilla, participaron en la contienda Navarra y Aragón. Alfonso VIII firma varios documentos en Alarcón el año 1211, lo que hace suponer que desde aquí estaba preparando la estrategia de la batalla. El encuentro con los almohades fue en Despeñaperros el 16 de julio de 1212. Tuvieron una presencia especial los ejércitos concejiles entre los que se encontraba Alarcón al mando de Hernán Martínez de Alarcón, su conquistador y alcaide. Para celebrar la victoria sobre los almohaces se instituyó la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz, que se celebraba el 21 de julio y que, al parecer, dio origen en Alarcón y su tierra a la advocación del Cristo de la Fe.

 

Tras la muerte de Alfonso VIII, le sucedió en el trono el rey niño Enrique I. El conde Álvaro Núñez de Lara arrebató la tutoría a la hermana del rey, Dª Berenguela, que fue desterrada de la corte. Desde el destierro envió a Alarcón, secretamente, a Rodrigo López de Valverde para recibir noticias del pequeño rey. Fue descubierto por Fernán Núñez y ahorcado por orden del conde. Similar suerte corrió Ruiz González, enviado por Enrique a Dª Berenguela, que terminó en las mazmorras del castillo de Alarcón.

 

Murió Enrique I en Palencia herido en la cabeza por una teja que se desprendió de una torre en 1217. No sin dificultad, Dª Berenguela consiguió el reconocimiento de su hijo Fernando como rey de Castilla. Se tuvo que enfrentar a su padre Alfonso IX de León y en la batalla de Herrera, en 1220, cayó prisionero D. Álvaro Núñez de Lara, que se vio obligado a entregar el castillo de Alarcón para adquirir su libertad.

 

Bajo el reinado de Fernando III el Santo se va consolidando la repoblación de la Tierra de Alarcón, aunque existe un bandidaje moro que crea inseguridad y obliga a Fernando III a desplazar el mercado semanal de Alarcón a Cervera del Llano; luego fue recobrado en 1245. El concejo de Alarcón participa en la conquista de Requena, 1223, obligando a Abu Zeit a prestar vasallaje al rey cristiano en Moya. En 1241 el ejército del concejo de Alarcón toma el castillo de Albacete, que queda bajo su dominio hasta la posterior conquista y fortalecimiento de Chinchilla.

 

Al mismo tiempo que se fortifica la población, durante el s. XIII se construyen las cinco iglesias de Alarcón, donde se asentaban las cinco colaciones o parroquias medievales de las que hicieron depender grupos de aldeas. La parroquia de Santiago se administraba por la propia orden militar, que ya poseía el hospital de redención de cautivos.

 

A poco tiempo de la reconquista, todavía en el s. XII como ya se dijo, Alfonso VIII otorga a esta villa fuero propio, derivado del de Cuenca y confirmado por Fernando III. Alfonso X le concede el Fuero Real en 1256, que fue modificado en varias ocasiones en reinados posteriores, como era habitual.

 

La línea, hasta ahora, ascendente y hegemónica de Alarcón sufre, al final del s. XIII un punto de inflexión que marcará su declive. El desencadenante es la ocupación del rey aragonés Jaime II de las plazas castellanas en la frontera alicantina, incorporándolas al reino de Aragón. El territorio ocupado formaba parte del adelantamiento de Murcia del que era titular el infante don Juan Manuel, por herencia al morir su padre el infante don Manuel, hermano de Alfonso X e hijo de Fernando III. En el año 1297, cuando solamente contaba quince años, don Juan Manuel consigue que la reina regente castellana María de Molina le entregue como compensación la fortaleza de Alarcón y su inmenso territorio. El alcaide entrega la villa, pero don Juan Manuel tiene que jurar el respeto a los privilegios y concesiones reales que disfrutan los caballeros de Alarcón desde la reconquista de la plaza. Esta incomodidad, que dificultaba el dominio pleno de la villa, hace que don Juan Manuel se asiente preferentemente en Castillo de Garcimuñoz.

 

Así es como entra a pertenecer Alarcón a otra entidad más amplia que será el estado de Villena, un territorio bien gobernado por un señor que unió sus cualidades de escritor con sus habilidades como intrigante, en un tiempo turbulento, sometido a la presión que ejercían los infantes de la Cerda, que se vieron despojados de sus derechos al trono castellano por la otra línea de fuerza establecida por Sancho IV y que perduraría hasta la dinastía Trastámara. Don Juan Manuel se casa sucesivamente con Isabel, hija de Jaime II de Mallorca, con Constanza, hija del rey aragonés que le había arrebatado parte del adelantamiento de Murcia, también denominado Jaime II, y con Blanca Núñez de Lara y de la Cerda, heredera de los derechos dinásticos de esta familia. Deseaba ser rey y formó casi un pequeño reino entre Castilla y Aragón. Para estas pretensiones dinásticas se atribuyó unos orígenes mesiánicos: su padre se llamó Manuel porque en los sucesos sobrenaturales acaecidos en su nacimiento le impusieron este nombre “porque había nacido para vengar la muerte de Cristo”. Su enseña más querida era la espada Lobera, heredada de su abuelo Fernando III.

 

Pudo contemplar el desdichado matrimonio de su hija Constanza con Pedro I de Portugal, anteriormente repudiada por Alfonso XI, pero no llegó a tiempo de ver sentada en el trono de Castilla a su hija Juana, casada con Enrique II de Trastamara, sobre la que recayó la herencia de don Juan Manuel

 

Con el título de marqués de Villena entregó Enrique II este territorio a Alfonso de Aragón, que le había ayudado en su ascenso al trono. Fueron años de dificultad. Antes de recibir el marquesado Alfonso había caído prisionero en manos de los ingleses en la batalla de Nájera. Además de pagar un fuerte rescate por su persona, dejó como rehenes a sus hijos Alfonso y Pedro. Algo más de las rentas del marquesado tuvieron que invertirse sucesivamente en la liberación de los hijos; hasta llegó a acuñar moneda propia, que era competencia exclusiva de la realeza, por lo que Enrique III se vio obligado a hacerle devolver el marquesado.

 

Por eso, el nieto Enrique de Villena el Nigromante (a quien a veces confunden con el marqués de Villena) trató de recuperar el marquesado, pero ya no tenía derecho sobre él. Como compensación, y por parentesco, Enrique III le dio el condado de Cangas y Tineo, y posteriormente el señorío de Iniesta, a título personal.

 

Como doncel, ayudado por don Álvaro de Luna, entra Juan Pacheco en la corte de Enrique III. Había nacido en Belmonte; sus antepasados vinieron huyendo de Portugal en tiempos del rey Pedro I el Justiciero, por haber participado en la ejecución de la reina Inés de Castro. Se fue situando muy bien en la corte de los Trastámara hasta tal punto que llegó a ser, en el reinado de Juan II, amigo inseparable del príncipe Enrique, después Enrique IV. Participó en todas las intrigas posibles, aun en las que no urdió personalmente. Por la cercanía al príncipe Enrique, logró que Juan II le diera el marquesado de Villena, donde estaba incluido Alarcón, que había revertido a la corona en tiempos de Alfonso de Aragón. Fue actor principal en los conflictos que se originaron en la sucesión de Enrique IV. Estuvo a favor de que recayera el trono en Isabel la Católica, pero cuando contrajo matrimonio con Fernando de Aragón, rompió los compromisos y se decantó por la línea legitimista, la de Juana llamada la Beltraneja al atribuirle la paternidad a don Beltrán de la Cueva, porque consideraba parte de la nobleza que el rey era impotente. En 1474 mueren Enrique IV y Juan Pacheco. Su hijo Diego López Pacheco, II marqués, no solamente hereda el territorio sino los compromisos y defiende a ultranza la línea legítima de Juana, la hija del rey. Consecutivamente se desencadenan dos guerras que se resuelven en armisticios donde don Diego López Pacheco es claro perdedor. Tras sí ha arrastrado a la Tierra de Alarcón que ve cómo la estrategia de Isabel desmembra el territorio al ir dando títulos de villa a las numerosas aldeas y sumándolas a su causa. Se firmó una tregua en 1479 que dio fin a la contienda. Al marqués solamente le quedaron las villas de Alcalá del Júcar, Alarcón, Castillo de Gecimuñoz y Belmonte. A pesar de que la personalidad de don Diego López Pacheco era mucho más sosegada que la de su padre, siempre se le ha confundido con él y se le han cargado todas sus culpas. Su defensa es muy difícil porque Isabel la Católica mandó destruir todos los documentos que fuera favorables al marqués. Posteriormente fue desposeído del marquesado; por esta razón vemos que los escudos del marqués que hay sobre las puertas del Bodegón y del Río en Alarcón son irreconocibles porque fueron picados y borrados. Sobre la puerta del Campo se colocó una enseña real con dos leones rampantes.

 

Se le desposeyó del marquesado pero se le autorizó a utilizar el título. Para este reconocimiento tuvo mucho que ver el obispo don Diego Ramírez de Villaescusa (o Fuenleal), influyente personaje que acompañaría a Flandes a doña Juana la Loca para su matrimonio con Felipe el Hermoso. Por eso coronan los escudos de los dos personajes la fachada plateresca de la iglesia de la Trinidad. En la segunda nave de la misma iglesia hizo un homenaje a tal benefactor en los florones de las bóvedas: dos emblemas de los Pacheco hacen custodia al escudo del obispo don Diego, natural de Villaescusa de Haro.

 

Conforme se va acentuando el declive de Alarcón a partir de estos últimos acontecimientos, es cuando viene a ser más potente la actividad constructiva, que se manifiesta sobre todo en los edificios religiosos. Hacia 1518 se construye la fachada plateresca de la Trinidad, se amplía con una segunda nave al fondo y se coloca el arco toral del presbiterio; al final de este siglo se monta la torre sobre el arco de la calle y se construye la capilla de Santa Catalina. La iglesia de Santiago sufre una profunda transformación, dotándola de un pórtico renacentista y un nuevo coro. En los años treinta Pedro de Alviz inicia la construcción de la iglesia de Santa María en el espacio que debió ocupar otra anterior de la que no quedan vestigios. La fachada renacentista, la pila bautismal, gran parte del retablo, el sagrario y las yeserías de la sacristía son obra de Esteban Jamete, realizadas entre 1550 y 1565; al final de este siglo se completará la iglesia con la construcción de la capilla del Cristo de la Fe. A la iglesia de Santo Domingo la elevan, la alargan, le añaden la capilla, la sacristía y la torre de los pies, cubriendo la nave con artesonado; tenía un destacable retablo de Diego de Tiedra. Hacia 1579 se acomete la construcción de la iglesia de San Juan Bautista, también en el espacio que ocupó la iglesia anterior más el pósito; como vestigio del pasado quedó la torre sobre la que se montó una espadaña en el s. XVIII. De mediados del siglo dieciséis es el edificio del Palacio del Concejo, de características muy similares a otras obras de Pedro de Alviz. De esta misma época es el palacio de los Castañeda, donde pudo intervenir Esteban Jamete en el medallón que remata la fachada; en su proximidad hubo otra fachada plateresca desaparecida en 1961. Vestigios de la misma época hay en alguna fachada del final de la calle Álvaro de Lara. Además de todo esto, las cinco parroquias pudieron celebrar con todo esplendor la fiesta del Corpus con la custodia que hizo el orfebre Cristóbal de Becerril, en 1585, y que actualmente se encuentra en la Spanish Society de Nueva York y que está considerada como una de las cien custodias procesionales más importantes de España, según Carl Hernmarc.

 

Este permanente declive de Alarcón se detiene levemente en el s. XVIII. La nave de Santo Domingo se cubre con bóveda de medio punto apoyada por arcos fajones. José Martín de Aldehuela, o alguien muy próximo a él, construye el coro de Santa María, los púlpitos, la mesa del altar, con las credencias, y el mueble de la sacristía; de otras características pero de estas fechas son el órgano y el baldaquino del Cristo. En la iglesia de la Trinidad se colocó un retablo muy similar al de Jaime Bort en el Santo Rostro de Honrubia (Jaime Bort es autor de la fachada de la catedral de Murcia). Desapareció en el pasado siglo la casa de los Villanueva, que además de la nobleza de la construcción, nos dicen que tenía rejas doradas. De este mismo siglo son la casa de Villena (actual casa de la cultura) y la Casa Palacio de la plaza Infante D. Juan Manuel.

 

Se puede decir que los avatares de la guerra de sucesión, la guerra de la independencia, las tres guerras carlistas y la guerra civil de 1936, fueron arrancando jirones de un potente pasado. Para agravar más la situación, en 1841 el gobierno liberal redujo a una sola parroquia, la de Santa María, las cinco parroquias de Alarcón. Al dejar de percibir rentas, la escasez de recursos hizo que se abandonaran el resto. Actualmente se han recuperado las cuatro que han quedado, salvándolas de un avanzado estado de ruina. La conversión del castillo en parador de turismo en 1966 ha sido determinante para que otras instancias fijaran sus ojos en esta bella población y se fueran recuperando los edificios históricos a través, sobre todo, de la Dirección General de Arquitectura.

        Luis Martínez Lorente